A tu atolondrada alma, sin segundero ni
hora, sin color determinado y con tonos poco precisos.
Al ingenio que dejaste ir, las letras que
cambiamos por café y todo el café que bebimos
restándonos tiempo.
A la hora que el reloj sin pilas daba, al miedo de
que el minutero se moviera mientras intentaba
leer la hora; siempre retardada y con un minuto
adicional que compensaba los segundos que
me robaba indiferente mientras contaba de
cinco en cinco.
Las horas que he robado, el tiempo ido y el que
viene de regreso cada vez que la tierra termina
su traslado, la luna desfasada y luego en fase, el
sol arriba, luego abajo, a veces distinto, a veces
brillante.
Tus palabras puestas en la mesa como una
sopa que poco a poco se digiere y se olvida, el
tiempo que se va ahora, los segundos que
avanzan y hacen oscuro el cielo.
Los que vienen ahora que hacen el día claro,
pero el tiempo siempre ido, contigo.
Doctrina
sábado, 22 de julio de 2017
Dos palabras.
Me atraes así como eres, un semblante risueño y con una mirada insondable que quisiera comprender lo que dice con un beso, me ambiciona pensar que hay dentro de esos ojos claros, me provocan esos labios pequeños y rosados tan naturales como este efecto que te robé silenciosamente, callando porque si digo algo estaría pecando, me encuentro en mutismo para que mi estómago siga floreciendo o quizás marchitando si es equivocado lo que siento, tengo miedo a la repercusión emocional, porque conmigo misma ha sido una guerra triste, no quiero una segunda guerra donde el arma detonante sea el amor, porque esa arma es letal, es de doble filo y mata en vida, pero el punto es que no he logrado acuerdos conmigo misma y por eso soporto, camino con los ojos pequeños y deshidratada, pero aun así sigo de pie puesto que ese puñal de doble filo me atravesó una vez dejando un vacío, y ahora veo la ficha faltante en frente mio, tan reluciente, tan dotada de preciosidad que mi cuerpo y mente anhelan tenerle, y si quizás no es la llave a mi cajón, será seguir viendo el mundo así, con egoístas por montón.
domingo, 3 de abril de 2016
Sobrevivirte, eso quise.
Si tan solo supieras en qué palabra te defino en mis pensamientos, tal vez ahí si quieras sobrevivir, entonces escribí para ti, para que jamás murieras; pero tu contestaste que ya lo estabas. Pero no sobrevivirás si sigues congelada, te dije, tienes que buscar tu llama y derretirte como si nunca hubieras muerto; pensé que no me lastimarías hasta que te vi protegiéndote y ahí dude en poder sobrevivirte; pero, después pensé mejor ¿que es si no te revivo?, ¿que si me canso?, ¿que si me rindo? ¿te sobrevivirás? ¿Lo harás por vos misma? ¿O esperarás a que otra persona lo haga? Sobra tu respuesta tú te dejarías morir porque eso es lo que querías y me rendí, no porque quisiera sino porque ya no podía hacer nada, o te mataba o me moría y preferí dejarnos respirando, con vida y con alma, nada se rompió pero nada revivió y jamás olvidaré tus palabras "hasta nunca" porque yo tratando de salvarte me dejé matar, porque así es el amor y lo peor de todo es que sola de las dos lo sentí, nunca te imaginé porque así era la magia, porque así sería más difícil recordarte, porque me olvidé de algo, me había enamorado de tu nombre y no dejaba de hacer eco en mi cabeza y eso era peor que cualquier recuerdo o cualquier cara imaginada, porque las palabras viven aún más si tú sobrevives o no.
lunes, 25 de mayo de 2015
Miedos.
No soy de las que temen a las cosas tanto como a las situaciones. Es decir una araña no me asusta (aunque no me daría mucho gusto que alguna me inyectara su veneno en el brazo; a menos claro, que me convirtiera en el hombre araña, o más bien, en la mujer araña... aunque eso significaría más responsabilidades y mejor no), o un bicho particularmente pequeño, negro, con nombre extraño de paso, no me haría ni cosquillas seguro, pero que pavor; o las serpientes, las cuales de hecho me gustan, ni las inyecciones que son demasiado molestas pero no son un miedo. Tampoco temo a las alturas ¿por qué debería temer si nunca ando en las alturas? Pero sí, soy muy paranoica, procuro no darle razones a la casualidad para que me entregue cosas inesperadas, soy cuidadosa con lo que hago, con lo que digo y con lo que pienso, no hablo con extraños, no ando por calles que no conozco a las tres de la mañana y ese tipo de cosas, para no toparme sobretodo con disgustos y en este caso mis pequeños miedos. Y con miedos me refiero a todas esas situaciones que, por muy raras que sean, pueden pasar si me descuido.
¿Y si cortando una manzana me rebano el dedo y ya no me lo pueden coser en su lugar de nuevo? ¿Y si caminando tranquilamente por la calle me caigo de espaldas y me golpeo la columna y quedo cuadrapléjica? ¿Quién me ayudará para ir al baño? ¿Y si un avión cae en este momento sobre mi casa y me aplasta todo el cuerpo dejando solo mi cabeza intacta pero sobrevivo gracias a una cirugía milagrosa? ¿y si siendo solo en la cabeza me da comezón en la oreja y no hay nadie cerca que me rasque? Ese tipo de cosas me asustan, y lo digo seriamente; no es un unicornio enterrado su cuerno en uno de mis ojos, es un avión real aplastándome y dejándome indefensa ante la comezón. Pero más allá de eso, tengo un miedo mayor y más terrible y más real, ocurre durante la noche; cuando no tengo sueño pero aún así intento dormir -después de la rutina de revisar el celular cien veces, ponerme la pijama, apagar la luz de mi habitación, pensar lo que haré por la mañana y revisar otras cien veces más- me quedo en completo silencio y comienzo a tener ideas raras, pero muy raras; no el clásico ''debí haber dicho esto, soy una idiota'' o ''¿cerré el refrigerador?'' tampoco el ''debo aprender francés'' y el ''debo hacer mucho ejercicio y operarme la cara para estar más guapa'' no, ese tipo de cosas no. Pienso en aquello que en verdad me paraliza y hace tropezar mi respiración hasta el punto de darme un ataque de nervios. Mi mayor miedo es a lo que hay más allá de la muerte, y es extraño porque nunca he temido a la muerte, es decir uno se muere y ya. Probablemente yo sea un ser frío y sin sentimientos porque cuando alguien cercano a mi ha muerto, de hecho no lloro, o lo hago muy poco, me duele y todo, pero me adapto fácilmente a su ausencia y continuo, ya sé que es totalmente inaceptable pero bueno, así funciono no sé por qué. El hecho es que no le temo a la muerte, y mucho menos a la mía, temo a lo que hay más allá, sea algo o nada. Y así cuando es de noche y estoy sin sueño intentando dormirme ocurre el miedo; tal vez sea por el ambiente oscuro y silencioso de mi habitación o la falta de algo mejor en qué pensar pero comienzo en mi mente a visualizar lo que vendrá para mi. Y ahí estoy de nuevo sola, después del final de todo cuando existe, como si yo en realidad no pudiese ser destruida y el universo no supiera que hacer conmigo cuando ya todo se ha esfumado, incluso el universo mismo. Yo y solo yo, vestida de olvido y tristeza, flotando en medio de la incertidumbre, incapaz de asimilar nada, incapaz de escapar, incapaz de moverme y de hablar, ciega. Solo sintiendo que nada hay excepto yo. Y eso sí que me da miedo.
martes, 21 de abril de 2015
Así.
No es una tarea conocer una persona y sin embargo, debemos aprender que no todas las personas se dejan conocer de la misma manera. Habrá quien en silencio grite todo lo que trae dentro, y uno aprende a observar. Están las personas que no paran de hablar, de suspirar, de hacer ruiditos; que levantan la voz cuando algo los sorprende, los asusta o les causa mucha emoción y uno aprende a escuchar.
Cuando aprendemos a observar y a escuchar, nos damos cuenta que se puede sentir sin tocar, y que, cuando nuestro cuerpo palpa, aprieta o acaricia a otro ser, este, aprende que las texturas pueden ser completamente diferentes a los actos y/o sonidos que nos muestra la otra persona; una piel puede ser suave y contener un ser de lija; o alguien puede dejar apretarse en un abrazo largo y no dejar traspasar la barrera de metal que se ha puesto debajo; y entonces, es cuando uno aprende, con todo su ser; a sentir...
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