lunes, 25 de mayo de 2015

Miedos.

No soy de las que temen a las cosas tanto como a las situaciones. Es decir una araña no me asusta (aunque no me daría mucho gusto que alguna me inyectara su veneno en el brazo; a menos claro, que me convirtiera en el hombre araña, o más bien, en la mujer araña... aunque eso significaría más responsabilidades y mejor no), o un bicho particularmente pequeño, negro, con nombre extraño de paso, no me haría ni cosquillas seguro, pero que pavor; o las serpientes, las cuales de hecho me gustan, ni las inyecciones que son demasiado molestas pero no son un miedo. Tampoco temo a las alturas ¿por qué debería temer si nunca ando en las alturas? Pero sí, soy muy paranoica, procuro no darle razones a la casualidad para que me entregue cosas inesperadas, soy cuidadosa con lo que hago, con lo que digo y con lo que pienso, no hablo con extraños, no ando por calles que no conozco a las tres de la mañana y ese tipo de cosas, para no toparme sobretodo con disgustos y en este caso mis pequeños miedos. Y con miedos me refiero a todas esas situaciones que, por muy raras que sean, pueden pasar si me descuido.
¿Y si cortando una manzana me rebano el dedo y ya no me lo pueden coser en su lugar de nuevo? ¿Y si caminando tranquilamente por la calle me caigo de espaldas y me golpeo la columna y quedo cuadrapléjica? ¿Quién me ayudará para ir al baño? ¿Y si un avión cae en este momento sobre mi casa y me aplasta todo el cuerpo dejando solo mi cabeza intacta pero sobrevivo gracias a una cirugía milagrosa? ¿y si siendo solo en la cabeza me da comezón en la oreja y no hay nadie cerca que me rasque? Ese tipo de cosas me asustan, y lo digo seriamente; no es un unicornio enterrado su cuerno en uno de mis ojos, es un avión real aplastándome y dejándome indefensa ante la comezón. Pero más allá de eso, tengo un miedo mayor y más terrible y más real, ocurre durante la noche; cuando no tengo sueño pero aún así intento dormir -después de la rutina de revisar el celular cien veces, ponerme la pijama, apagar la luz de mi habitación, pensar lo que haré por la mañana y revisar otras cien veces más- me quedo en completo silencio y comienzo a tener ideas raras, pero muy raras; no el clásico ''debí haber dicho esto, soy una idiota'' o ''¿cerré el refrigerador?'' tampoco el ''debo aprender francés'' y el ''debo hacer mucho ejercicio y operarme la cara para estar más guapa'' no, ese tipo de cosas no. Pienso en aquello que en verdad me paraliza y hace tropezar mi respiración hasta el punto de darme un ataque de nervios. Mi mayor miedo es a lo que hay más allá de la muerte, y es extraño porque nunca he temido a la muerte, es decir uno se muere y ya. Probablemente yo sea un ser frío y sin sentimientos porque cuando alguien cercano a mi ha muerto, de hecho no lloro, o lo hago muy poco, me duele y todo, pero me adapto fácilmente a su ausencia y continuo, ya sé que es totalmente inaceptable pero bueno, así funciono no sé por qué. El hecho es que no le temo a la muerte, y mucho menos a la mía, temo a lo que hay más allá, sea algo o nada. Y así cuando es de noche y estoy sin sueño intentando dormirme ocurre el miedo; tal vez sea por el ambiente oscuro y silencioso de mi habitación o la falta de algo mejor en qué pensar pero comienzo en mi mente a visualizar lo que vendrá para mi. Y ahí estoy de nuevo sola, después del final de todo cuando existe, como si yo en realidad no pudiese ser destruida y el universo no supiera que hacer conmigo cuando ya todo se ha esfumado, incluso el universo mismo. Yo y solo yo, vestida de olvido y tristeza, flotando en medio de la incertidumbre, incapaz de asimilar nada, incapaz de escapar, incapaz de moverme y de hablar, ciega. Solo sintiendo que nada hay excepto yo. Y eso sí que me da miedo.

martes, 21 de abril de 2015

Así.

No es una tarea conocer una persona y sin embargo, debemos aprender que no todas las personas se dejan conocer de la misma manera. Habrá quien en silencio grite todo lo que trae dentro, y uno aprende a observar. Están las personas que no paran de hablar, de suspirar, de hacer ruiditos; que levantan la voz cuando algo los sorprende, los asusta o les causa mucha emoción y uno aprende a escuchar. 
Cuando aprendemos a observar y a escuchar, nos damos cuenta que se puede sentir sin tocar, y que, cuando nuestro cuerpo palpa, aprieta o acaricia a otro ser, este, aprende que las texturas pueden ser completamente diferentes a los actos y/o sonidos que nos muestra la otra persona; una piel puede ser suave y contener un ser de lija; o alguien puede dejar apretarse en un abrazo largo y no dejar traspasar la barrera de metal que se ha puesto debajo; y entonces, es cuando uno aprende, con todo su ser; a sentir...